En ese límite que se experimenta,
cerca del punto indiferenciado o indiferenciable, entre tu-yo, es donde nunca se deja de ser uno ni se pasa a
ser el otro. Por infinitamente que se acorte la distancia, infinito es el
recorrido hacia el otro. Allí donde la vista se confunde, donde la aprehensión
del otro cuerpo se confina en lo sensorial del propio como ninguna otra
experiencia lo logra. Cuando más se aproxima al otro, más íntimo es el cuerpo propio. Allí se
encuentra el abismo. Un abismo que se contempla pero nunca se transita; tan
imposible como la propia relación amorosa, en la que el amado, el otro, siempre
resulta escurridizo e inalcanzable.
Se dice que Narciso, ese hermoso joven hijo del dios-río Cefiso
y de la ninfa Liríope, que rechazó a la
ninfa Eco pues despreciaba el amor, recibió
el castigo de Afrodita. Le infundió un
amor exagerado y obsesivo hacia su propia imagen, que contemplaba en el agua.
Se enamora entonces de sí mismo. Sin embargo, es claro que él nunca supo que se trataba de
eso; se abisma en la imagen que lo enamora, en ese otro imposible que lo sujeta y que no se deja seducir, en la
tragedia de desdoblarse, reflejarse, escindirse para un otro.
Ese mismo otro que Marcel Schwob
desesperadamente trata de abolir en su cuento "Beatriz":
"...Los versos del divino Platón nos
revelaron el eterno secreto que permite a las almas enamoradas poseerse
totalmente. Y desde ese momento Beatriz y yo no pensamos más que en unirnos de
ese modo para abandonarnos el uno en el otro."
... "Quiero que en el momento de morir me beses en la boca, y que mi
último aliento pase a ti."
El beso como pasaje hacia el
otro, para habitarlo y ser habitado por él. Sin embargo, se frustra todo intento, aún en
el último aliento. No hay muerte posible que nos permita saltar ese abismo. Y ese
otro que vemos se vuelve nuestro propio reflejo para construir la imagen de nuestro cuerpo, y claro, también
su experiencia.
Schwob escribe un cuento enmarcado en el simbolismo dentro de un conjunto de relatos titulado
"Corazón Doble"; muy próximo al pasaje de salida de Baudelaire del romanticismo, con la
presencia de lo macabro heredado de Poe,
con ese modelo lánguido y enfermizo de mujer, idealizado hasta en el nombre y
el discurso con marcas que construyen
una espiritualidad o una mirada aún cercana a lo religioso.
Varias décadas después,
Barthes también se inquieta por la misma
idea y desde su escritura fragmentaria,
llena de voces, más próxima al psicoanálisis, cercana en el tiempo y la
experiencia; se detiene ante ese abismo: frente al otro, frente a la
construcción discursiva del sujeto que ama. De esta manera, leemos en
su libro "Fragmentos de un discurso
amoroso"(1977):
"La explosión del abismo puede venir de una herida pero también de
una fusión: morimos juntos de amarnos: muerte abierta, por dilución en el éter,
muerte cerrada de la tumba común. El abismo es un momento de hipnosis. Una
sugestión actúa, que me empuja a desvanecerme sin matarme. De ahí, tal vez, la
dulzura del abismo: no tengo ninguna responsabilidad, el acto (de morir) no me
incumbe: me confío, me transfiero (¿a quién?; a Dios, a la Naturaleza, a todo,
salvo al otro)"
"Cuando me ocurre abismarme así es porque no hay más lugar para mí
en ninguna parte, ni siquiera en la muerte. La imagen del otro -a la que me adhería,
de la que vivía- ya no existe; tan pronto es una catástrofe (fútil) la que parece alejarla para siempre, tan
pronto es una felicidad excesiva la que me hace reencontrarla de todas maneras,
separado o disuelto, no soy acogido en ninguna parte; enfrente, ni yo, ni tú,
ni muerte, nadie más a quien hablar.
(curiosamente, es en el acto extremo de lo Imaginario amoroso -
anonadarse por haber sido expulsado de la imagen o por haberse confundido en
ella- que se cumple una caída de este Imaginario: el tiempo breve de una
vacilación y pierdo mi estructura de enamorado: es un duelo artificial, sin
trabajo: algo así como un no-lugar)."
Beatriz Fiotto

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